Los entresijos de la vida nos han llevado a construir un nuevo mundo. Con muchos de los de siempre (mis 17, sí, hay uno menos porque ese uno ni sumaba, ni multiplicaba y solo hacía que dividir). Con gente nueva que vela por mi pieza TEA, que ha querido descubrirlo y quererlo. Y también a mí. Sin casi pretenderlo, nos hemos encontrado con personas que nos arropan día tras día, que han acogido sin reparos la condición particular de mi pieza TEA. Hablo de loa nuevos vecinos, de la nueva panadera, del camarero de aquí o la dependienta de allá. Tan rápido, tan sin pensárselo dos veces.
Es como una nueva temporada, con nuevos escenarios, con nuevos personajes que, como espectadores somos reticentes a quererlos. Echamos de menos a todos los personajes que ya conocemos, de los que sabemos de antemano cómo actuarán. Pero los nuevos... Esos cuesta confiar. Cuesta descubrirlos. Y así estamos. Mejor dicho, estoy. Mi pieza TEA, con ese buenismo y ese desparpajo que le da el no filtro, se ha ganado el corazón de muchos de estos nuevos compañeros de viaje. Porque a él no le importa abrazar si así lo siente. Y, curiosamente, a los abrazados no les importa devolverle ese gesto.
Estamos en un momento dulzón. Sé que mi pieza TEA echa de menos su cole. Después de todo este tiempo sigue nombrando su querido cole. De vez en cuando, nombra algunos de estos chicos y chicas (porque ya no son niños) que forman la quinta del 2012.
Yo echo de menos aquel comentar con otras mamás. Echo de menos ese cuidar tan genuino que tenían los compañeros de mi pieza TEA con él.
Ya no formamos parte de ese mundo. Estamos descubriendo otro mundo, donde mi pieza TEA está realmente con iguales. Y, para mi sorpresa, se relaciona de perlas con ellos.
Ha aprendido una manera muy suya de socializar. Si quiere conocer a alguien le señala y dice: "Yo". Si el interlocutor es avispado le dirá:"yo, tal. ¿Y tú?". Él contestará:"Arnau". Y ya se conocerán.
A mi me encanta que lo haga. Eso quiere decir que tiene interés en los demás.
Lo que no me gusta tanto son algunos abrazos que buscan remover hormonas adolescentes. Por suerte, siempre son las mismas personas y ha aprendido que un abrazo y ya.
Es quizás el nuevo reto. Hacerle entender que no siempre se puede abrazar, que no siempre quieren, y, menos, si son desconocidos.
Pero bueno. Allá vamos, con paciencia y tranquilidad. Y, como siempre, de la mano. O como novios, porque mi pieza TEA ahora es un chaval alto y fuerte que me rodea los hombros con su brazo cuando paseamos por la calle.
Quizás tocaría cerrar esta aventura. No lo sé. Pero creo que todavía no. Que aun puedo contar cien batallas.
Ese es el reto. Volver a contar. Volver a patalear si es necesario y celebrar todas las pequeñas grandes gestas. Porque las hay. Porque las habrá.